Agencias
El cansancio persistente que aparece horas después de comer, la dificultad para reducir la grasa abdominal y los antojos recurrentes de alimentos azucarados no siempre responden a una cuestión de disciplina. En muchos casos, funcionan como señales tempranas de un deterioro más profundo: una alteración en la forma en que el organismo procesa la energía.
La nutricionista Sarah Berry advirtió en diálogo con The Telegraph que estos síntomas pueden ser “señales de alerta metabólicas”. Según explicó, cuando el cuerpo no procesa los alimentos como debería, comienzan a notarse consecuencias que van más allá del aumento de peso.
RESISTENCIA A
LA INSULINA
Uno de los ejes centrales es la resistencia a la insulina, una condición en la que el organismo necesita cantidades cada vez mayores de esta hormona para retirar la glucosa del torrente sanguíneo tras las comidas. Este desajuste altera el almacenamiento y el uso de la grasa corporal, en especial en la zona de la cintura.
La especialista señaló en The Telegraph que esta disfunción es “increíblemente común” y afecta aproximadamente a uno de cada cuatro adultos. El contexto actual desempeña un papel decisivo: la disponibilidad constante de alimentos procesados ricos en azúcar y el sedentarismo prolongado.
La alteración en la respuesta de la glucosa provoca picos elevados seguidos de descensos bruscos, en particular después de ingerir carbohidratos refinados. Esa fluctuación puede generar sensación de aturdimiento, mayor hambre y una inclinación hacia snacks azucarados poco tiempo después de haber comido.
EL IMPACTO DEL SUEÑO
El descanso insuficiente también interviene en el deterioro metabólico. Estudios sobre privación del sueño citados por Berry indicaron que, tras una mala noche, las personas tienden a consumir unas 400 calorías adicionales al día siguiente. Además, aumenta la preferencia por carbohidratos refinados como solución rápida.
Dormir poco incrementa la respuesta de azúcar en sangre después de las comidas. La experta aclaró que un aumento de glucosa tras ingerir carbohidratos es normal, pero se convierte en un problema cuando los picos y descensos son excesivos y repetidos, lo que favorece inflamación y mayor ingesta calórica.
En cuanto al horario de descanso, datos del Biobanco del Reino Unido mostraron mayor riesgo cardiovascular y de obesidad en personas que se acuestan alrededor de la medianoche en comparación con quienes lo hacen entre las 22 y las 23 horas.
HORARIOS DE COMIDA
El momento del consumo también influye en la respuesta metabólica. La nutricionista subrayó que ingerir alimentos azucarados más tarde en el día puede provocar una respuesta más lenta frente al aumento de grasas y glucosa en sangre. Las investigaciones citadas indican que las personas que comen más tarde muestran menor sensibilidad a la insulina y mayor grasa corporal.
Un período de ayuno nocturno de entre 12 y 14 horas se asocia con mejoras en la sensibilidad a la insulina, presión arterial, colesterol y grasa corporal. Esta estrategia permite reducir las oscilaciones constantes de hormonas metabólicas como la insulina y favorece la oxidación de grasas.
EJERCICIO Y CONTROL
DE LA GLUCOSA
La actividad física incide directamente en la forma en que el cuerpo procesa los nutrientes. Tanto el ejercicio aeróbico como el entrenamiento de fuerza mejoran la sensibilidad a la insulina. Estudios mencionados en el artículo indican que caminar una hora al día puede producir mejoras significativas.
Berry, también destacó que moverse después de una comida rica en carbohidratos ayuda a equilibrar la glucosa en sangre. Incluso pequeños movimientos de piernas mientras se permanece sentado reducen los niveles de azúcar circulante.
El conjunto de estas variables, sueño, horarios, calidad de los alimentos y actividad física, interviene en la aparición de síntomas como cansancio, acumulación de grasa abdominal y antojos frecuentes, indicadores de un sistema metabólico bajo presión.