Agencias
La llamada “niebla mental” no es un diagnóstico médico, sino una forma de describir un conjunto de síntomas cognitivos que afectan la claridad del pensamiento. Puede generar la sensación de que la mente funciona más lento, cuesta encontrar palabras o resulta difícil organizar tareas simples. Aunque es incómoda, no implica una pérdida de inteligencia ni un deterioro permanente.
Este fenómeno incluye falta de concentración, memoria menos precisa y fatiga mental. En la mayoría de los casos, está vinculado a factores del estilo de vida o a condiciones de salud tratables.
La niebla mental puede aparecer a cualquier edad y en distintos contextos: en el trabajo, durante el estudio o en actividades cotidianas. Quienes la experimentan suelen describirla como una sensación de mente “nublada”, con menor agilidad para procesar información.
Entre los síntomas más frecuentes se encuentran dificultad para mantener la atención, pensamiento más lento, olvidos de detalles recientes, problemas para planificar y cansancio persistente. En algunos casos, encontrar palabras se vuelve más complejo o lleva más tiempo del habitual.
La intensidad varía. Puede presentarse ocasionalmente, por ejemplo, tras una mala noche de sueño, o prolongarse durante semanas, especialmente después de períodos de estrés intenso, enfermedades o cambios hormonales.
FACTORES QUE PUEDEN
DESENCADENARLA
Diversos aspectos cotidianos influyen directamente en el funcionamiento cerebral. Dormir pocas horas o en horarios irregulares afecta la memoria y la capacidad de concentración. La deshidratación y una alimentación deficiente reducen el rendimiento cognitivo. Saltarse comidas o tener déficit de hierro, vitamina B12 o ácido fólico también puede impactar en la claridad mental.
El consumo excesivo de alcohol, la falta de actividad física y el uso prolongado de pantallas contribuyen al cansancio mental. Incluso el exceso de cafeína, sobre todo al final del día, puede alterar el descanso y generar fluctuaciones en la energía.
Estos factores suelen acumularse. Es decir, no siempre existe una única causa, sino una combinación que va afectando gradualmente la agudeza mental.
RELACIÓN CON
PROBLEMAS DE SALUD
En algunos casos, la niebla mental está asociada a condiciones médicas específicas. Trastornos de salud mental como ansiedad, depresión y TDAH pueden incluir dificultades cognitivas. También se observa en personas con enfermedades crónicas como dolor persistente, migrañas, afecciones autoinmunes o fatiga crónica.
Los desequilibrios metabólicos, como la diabetes o la resistencia a la insulina, pueden interferir con la concentración. Alteraciones hormonales —embarazo, posparto, perimenopausia, menopausia o problemas tiroideos— también influyen en la memoria y la atención.
¿CÓMO RECUPERAR LA CLARIDAD?
En la mayoría de las situaciones, la mejora comienza por revisar hábitos básicos. Dormir entre siete y nueve horas, mantener horarios regulares y reducir el uso de pantallas antes de acostarse favorece la recuperación cognitiva.
La hidratación adecuada y una alimentación equilibrada aportan nutrientes esenciales para el cerebro. Incorporar actividad física mejora la circulación y el aporte de oxígeno. Técnicas para manejar el estrés, como la respiración consciente, ayudan a disminuir la sobrecarga mental.
El proceso suele ser progresivo. Pequeños cambios sostenidos pueden traducirse en mayor claridad y energía con el paso de las semanas.
¿CUÁNDO CONSULTAR?
Si los síntomas persisten durante varias semanas, empeoran o interfieren de manera significativa en la vida diaria, es recomendable consultar a un profesional. La evaluación médica permite descartar causas hormonales, metabólicas o neurológicas.
Es fundamental buscar atención inmediata si aparecen signos como confusión marcada, dificultad para hablar, alteraciones visuales, debilidad en un lado del cuerpo o dolor de cabeza intenso e inusual.