El devastador terremoto registrado en territorio venezolano dejó secuelas humanas imborrables y crónicas de profunda desesperación entre los afectados. Una de las historias más impactantes es la de Jofram Gallipoli, quien sobrevivió junto a su esposa y su hijo de apenas cuatro años tras quedar completamente sepultados bajo las estructuras colapsadas.
Las primeras horas de este cautiverio forzado transcurrieron en una tensa calma gracias al comportamiento del menor de edad en el refugio. «Las primeras ocho horas él las pasó durmiendo», rememoró Gallipoli sobre la actitud de su hijo, explicando que esto les otorgó la tranquilidad necesaria para trabajar activamente en la búsqueda de una salida viable.
Con el paso del tiempo, el confinamiento subterráneo empezó a generar un riesgo inminente ante la falta total de recursos líquidos elementales. Los padres, plenamente conscientes de la vulnerabilidad física del menor ante la falta de líquidos, decidieron actuar con rapidez al hallar un contenedor vacío entre los escombros.
«Durante la búsqueda encontramos un vaso plástico y lo que hicimos fue que mi esposa fue la primera en orinar y reservamos esa primera orina», describió el sobreviviente.
El desespero aumentó cuando el pequeño despertó con manifestaciones recurrentes de sed, lo que obligó a los progenitores a emplear el recurso que habían recolectado previamente.
La administración del fluido corporal supuso un momento de alta complejidad emocional y física para el núcleo familiar atrapado. Gallipoli admitió con notable entereza la dificultad que implicó que el infante consumiera dicho elemento en medio de las ruinas. «Fue bastante complicado porque evidentemente no le gustó para nada el sabor», reconoció.
Finalmente, los equipos de rescate lograron acceder al perímetro del colapso y extraer con vida a los tres integrantes de la familia.
Los especialistas médicos procedieron de inmediato a evaluar el estado general de salud del grupo familiar tras su prolongada exposición al encierro.