La vitamina D funciona más como una hormona que como un nutriente corriente. Su tarea principal es abrir la puerta al calcio para que el intestino lo absorba y el esqueleto lo retenga, y esa función pesa mucho más a partir de la mediana edad, cuando el hueso empieza a perder densidad y el músculo, fuerza.
Su papel más conocido es permitir que el intestino absorba el calcio y el fósforo de los alimentos. Sin ella, buena parte del calcio de la dieta pasa de largo y el organismo lo saca del propio esqueleto para mantener estables los niveles en sangre.
Pero su acción no acaba en el hueso. El nutriente se activa en el hígado y en el riñón, y sus receptores están repartidos por el intestino, el sistema inmunitario y las fibras musculares, sobre todo las de contracción rápida, que son las que intervienen en recuperar el equilibrio cuando alguien tropieza.
Con el paso del tiempo, el organismo produce menos vitamina D a partir de la exposición solar. Los National Institutes of Health explican que los adultos mayores tienen más riesgo de niveles insuficientes por cambios en la piel, menor exposición al sol y una ingesta alimentaria que muchas veces no alcanza para cubrir los requerimientos.
La OMS y otros organismos sanitarios también advierten que la población mayor enfrenta una mayor carga de fracturas, caídas y pérdida de movilidad. En ese contexto, el estado nutricional adquiere un lugar central. La vitamina D influye en la absorción de calcio y en mecanismos ligados a la contracción muscular.
La alimentación aporta una parte de la vitamina D, aunque las opciones naturales no son muchas. La NIH enumera entre las principales fuentes al salmón, trucha, la yema de huevo y alimentos fortificados, como leche, bebidas vegetales y cereales.
En ese marco, la evaluación del estado de vitamina D forma parte del cuidado integral de la salud muscular después de los 50, sobre todo en personas con debilidad, antecedentes de caídas o baja exposición solar.