Muertos de hambre no hay, hay almuerzo de Bs 5 y 10

En medio de una escalada de angustia social por la dramática pérdida del poder adquisitivo, la diputada del frente Unidad, Julieta Jiménez, encendió la pradera política al minimizar de forma tajante la severidad de la crisis alimentaria que asfixia al país.
Sin tapujos ni anestesia, la legisladora aseveró que en Bolivia «nadie se muere de hambre» gracias a que en los mercados populares aún es posible conseguir platos de comida a precios insignificantes.
Desestimando de un plumazo los desgarradores dramas diarios de miles de familias que luchan desesperadamente por llevar un plato a la mesa.
«No hay muertos de hambre, porque primero, quiero ver enterrar a alguien que no ha comido. Tenemos almuerzos, hay sopitas de 5 y 10 pesos en el mercado Yungas. No digamos que estamos muriendo de hambre, La Paz es bendita, tenemos de todo, gracias a Dios», afirmó sin rodeos ante las cámaras, desatando una oleada de furia e indignación colectiva que califica sus declaraciones como una provocación y un insulto flagrante a la dignidad de los sectores más vulnerables.
Si bien la parlamentaria no pudo tapar el sol con un dedo y admitió el devastador impacto de la falta de fuentes laborales, pasó toda la responsabilidad de la supervivencia al esfuerzo individual y a la informalidad.
«Lo que no hay es trabajo, eso sí, pero morir de hambre no. La gente que quiere comer tiene que trabajar o ir a cargar. Si yo no tuviera empleo, saldría a vender pan, gelatina o ají molido para mis hijos. No vamos a llegar a ese extremo», disparó, desentendiéndose del rol del Estado en la generación de empleo digno.
Para rematar sus polémicas posturas, Jiménez justificó abiertamente la imposición de un estado de excepción como la vía idónea para contener la bronca social y mantener una calma forzada en las calles.
«Con esta medida estamos tranquilos, se trabaja normal y nuestros hijos van al colegio», remató.
Las desatinadas y frías frases de la diputada han causado un profundo repudio popular, marcando una distancia abismal entre el discurso de la clase política y la cruda miseria que golpea a los hogares bolivianos.